* POR QUE LA ARTRITIS REUNATOIDE CAMBIA CON LA EDAD "EL SISTEMA INMUNE DE LOS PACIENTES ENVEJECE DE MANERA PREMATURA " LA VOS DE LA SALUD
En el marco del 14 Simposio de Artritis Reumatoide, celebrado este mes en Barcelona, la doctora Marta Novella Navarro explica cómo se aborda la enfermedad en personas que debutan a edades avanzadas, lo que supone cuadros más agudos y persistentes
«Con la artritis reumatoide, el sistema inmune envejece de manera prematura y potencia muchos mecanismos del envejecimiento», explica Marta Novella Navarro, del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario La Paz, de Madrid. La especialista abordó precisamente estos mecanismos en una mesa en el 14 Simposio de Artritis Reumatoide, organizado por la Sociedad Española de Reumatología y llevado a cabo en Barcelona este mes.
Edad e inflamación
La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune sistémica en la que el sistema inmunitario ataca por error tejidos propios, especialmente la membrana sinovial, que recubre las articulaciones. La inflamación resultante provoca dolor, rigidez, hinchazón y pérdida de función y, si no se controla, puede dañar de forma permanente las articulaciones. Además de afectar a zonas como las muñecas, los nudillos o las rodillas, puede tener manifestaciones en otros tejidos y también se relaciona con un mayor riesgo de problemas cardiovasculares.
El envejecimiento incrementa la complejidad de la enfermedad. En términos generales, el sistema inmunitario va experimentando cambios a medida que pasan los años, en un proceso conocido como inmunosenescencia. A lo largo del tiempo, se modifica el equilibrio entre diferentes poblaciones de células inmunitarias y esto impacta en su capacidad para responder de forma adecuada. Al mismo tiempo, aumenta la actividad de determinadas vías inflamatorias.
De esa combinación surge el concepto de «inflammaging», que describe un estado de inflamación crónica, persistente y de bajo grado asociado al envejecimiento. Este fenómeno se ha vinculado con cambios en las células inmunitarias, la senescencia celular, el daño acumulado y alteraciones metabólicas y de la microbiota. Si bien no todas las personas mayores presentan una inflamación clínicamente relevante, este contexto biológico es diferente en personas jóvenes con respecto a aquellas de mayor edad.
En la artritis reumatoide, ese contexto es clave, si se tiene en cuenta que el cuadro implica una respuesta inflamatoria anómala. «En edades más avanzadas, tenemos además este estado inflamatorio de bajo grado que puede perpetuar la sintomatología de la artritis», señala Novella Navarro.
La consecuencia puede observarse desde el propio debut de la enfermedad. Se habla de un inicio en la edad avanzada cuando la enfermedad aparece aproximadamente a partir de los 60 años. Como explica Novella Navarro, las revisiones más recientes describen este grupo como un fenotipo con características clínicas e inmunológicas propias, en el que el envejecimiento del sistema inmunitario tiene un papel relevante.
Un cuadro más abrupto
En los pacientes de mayor edad, el comienzo de la artritis suele ser más brusco. La enfermedad puede presentar una inflamación más intensa, síntomas generales y una afectación de articulaciones grandes, como los hombros, que difiere del cuadro típico de la patología, que empieza poco a poco en las manos. En diversas investigaciones se ha descrito una mayor frecuencia de comienzos agudos y de patrones similares a la polimialgia reumática en los pacientes con artritis de inicio tardío. «Generalmente, pacientes más ancianos tienen más marcadores inflamatorios, empiezan con una clínica mucho más fuerte, más aguda, más repentina y más incapacitante que en una persona más joven», apunta la reumatóloga.
Con todo, la experta destaca que la artritis reumatoide es heterogénea y su evolución depende de múltiples factores. Pero el envejecimiento es un elemento que modifica el terreno sobre el que se desarrolla la enfermedad. De hecho, una revisión publicada en el 2026 señala que la artritis reumatoide de inicio en la edad avanzada puede considerarse un subtipo clínicamente diferenciado.
En este subgrupo de pacientes, es más probable también que la inflamación llegue más allá de las articulaciones, provocando afectación pulmonar, daño ocular o nódulos reumatoides en la piel. Se trata, subraya Novella Navarro, de una enfermedad sistémica. A esto se suma que, con la edad, aumentan las posibilidades de que una persona tenga hipertensión, enfermedad cardiovascular, alteraciones renales, osteoporosis, problemas metabólicos u otras patologías que condicionan el tratamiento.
El tratamiento debe adaptarse
Un desafío a la hora de tratar a los pacientes con artritis a lo largo de la vida es la polimedicación que, en muchos casos, acompaña al envejecimiento. «Son pacientes que toman medicación para otros problemas», explica Novella Navarro. Y dado que «la inflamación contribuye también a otras patologías, como la enfermedad cardiovascular, o también a enfermedades neurológicas», sin un tratamiento adecuado, se produce un ciclo de enfermedad, envejecimiento, inflamación y pérdida funcional. En estos casos, el abordaje de la enfermedad debe tener en cuenta estas complejidades. Lo ideal, señalan los expertos, es un enfoque multidisciplinar.
Para Novella Navarro, tampoco es lo mismo diagnosticar la enfermedad por primera vez a los 75 años que haber recibido el diagnóstico a los 35 y vivir 30 años más con la enfermedad. En este segundo escenario, el paciente ha atravesado varias etapas de la vida con una patología inflamatoria crónica y puede experimentar cambios en su actividad, en su respuesta al tratamiento o en sus necesidades funcionales. «A veces, una persona lleva 20 años con el mismo tratamiento y le va fenomenal, pero con la edad, probablemente tenga mucho más estado inflamatorio y a lo mejor hay que hacer ciertas modificaciones».
Esto no significa que una persona mayor deba recibir menos tratamiento. De hecho, otro de los riesgos que señala Novella Navarro es que la acumulación de enfermedades y tratamientos pueda llevar a infratratar la artritis por miedo a los efectos adversos o las interacciones. El desafío está en encontrar el equilibrio adecuado. Las recomendaciones europeas para el manejo de la artritis reumatoide establecen que las decisiones terapéuticas deben tener en cuenta la actividad de la enfermedad, la seguridad y factores individuales como las comorbilidades y el daño estructural. Al mismo tiempo, mantienen el principio de tratar hasta alcanzar un objetivo: la remisión o, cuando esta no sea posible o adecuada, una actividad baja y sostenida de la enfermedad.
La edad por sí sola no debería convertirse en una razón para renunciar a ese objetivo. El problema, señala Novella Navarro, es que las personas mayores han estado tradicionalmente infrarrepresentadas en muchos ensayos clínicos, especialmente aquellas que acumulan varias enfermedades o presentan alteraciones renales, cardiovasculares u otras condiciones que pueden excluirlas de los estudios.
En este sentido, tienen cada vez mayor importancia los estudios de práctica clínica real, que permiten observar qué ocurre con los pacientes que llegan cada día a una consulta. «En estos estudios se ha visto que los objetivos se pueden alcanzar de la misma manera en mayores y que al final los pacientes pueden estar bien con el tratamiento y no tiene por qué costar más controlarles los síntomas», explica.
La artritis reumatoide puede causar dolor y limitación del movimiento, pero el envejecimiento se asocia también a pérdida de masa muscular y capacidad funcional. Una persona mayor que pierde fuerza y movilidad puede entrar en una espiral de menor actividad física, mayor fragilidad y más dependencia. Mientras que en un paciente relativamente joven, evitar daño estructural y conseguir una remisión sostenida es prioritario porque se espera que conviva muchas décadas con la enfermedad, en una persona muy mayor y frágil, hallar el equilibrio entre beneficio y riesgo de una determinada intervención es más complejo. «Igual que hay cuidados paliativos para muchas enfermedades degenerativas, quizá también estaría bien que existan cuidados paliativos en reumatología final de la vida».
La edad también obliga a mirar más allá de los fármacos. Hay factores modificables que pueden influir en la evolución de la artritis reumatoide y en la salud general. Entre ellos, el tabaco ocupa un lugar especialmente importante. La OMS identifica el tabaquismo entre los factores de riesgo modificables de la enfermedad y recomienda dejar de fumar, mantener una alimentación saludable, controlar el peso y realizar actividad física. «Intervenir sobre estos factores ambientales que se sabe que empeoran la respuesta al tratamiento, como el tabaco, es clave», señala Novella Navarro. El movimiento también es fundamental, si bien se debe adaptar la actividad a la situación clínica. Lo importante es no abandonarlo, ya que «el ejercicio puede mejorar y ayuda a la sintomatología», explica la experta.

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