Nacido en la cortijada de La Tejera, en Albuñol, Constantino conserva una estrecha vinculación con sus raíces y con la cultura alpujarreña. A sus 78 años, su trayectoria es también un recorrido por buena parte de la historia y las costumbres de una comarca en la que el trovo fue durante generaciones una forma de expresión, convivencia y transmisión de conocimientos.
Una parte muy especial de esa memoria se encuentra en su propia casa de Aguadulce, donde ha transformado un antiguo sótano en un pequeño museo personal. Allí guarda recuerdos, documentos y numerosos escritos realizados a mano a lo largo de los años. Son varios libros en los que ha ido dejando constancia de episodios de su vida, de las personas que han sido importantes para él y de sus propias experiencias, utilizando siempre el verso como particular forma de contar y conservar sus recuerdos.
Aunque el trovo ocupa hoy un lugar destacado en su vida, la trayectoria de Constantino comenzó lejos de los escenarios. Su profesión fue la de aparejador, una vocación vinculada desde pequeño a su facilidad para el dibujo y a su interés por las construcciones. Su padre, que trabajaba como constructor, fue una de sus grandes referencias durante la infancia, mientras su madre se ocupaba de las labores del campo.
Su niñez transcurrió en Albuñol, donde acudió a la escuela y vivió los años en los que su familia estuvo vinculada a la fábrica de alcohol del municipio, posteriormente desaparecida tras las conocidas inundaciones de ‘La Nube’. Más tarde, su familia se trasladaría a La Rábita y Constantino continuaría su formación en Almería, antes de iniciar una etapa de estudios que le llevaría hasta Barcelona y Granada.
Tras completar la carrera de aparejador en Barcelona, desarrolló durante años una intensa trayectoria profesional relacionada con la construcción. Pero, paralelamente, siempre mantuvo una inquietud que había acompañado desde su juventud: la música.
De hecho, Constantino recuerda que desde niño sentía fascinación por la guitarra, aunque en casa su padre insistía en que debía centrarse en los estudios. Con el tiempo consiguió aprender a tocarla y terminó participando en numerosos festivales de música tradicional. Durante 18 años estuvo vinculado a estos encuentros como guitarrista y posteriormente continuó su relación con el mundo de la tradición alpujarreña durante otros ocho años como trovero.
Su acercamiento al trovo fue progresivo y muy ligado a su carácter creativo. Primero comenzó a improvisar consigo mismo, planteándose los versos como un diálogo entre posiciones enfrentadas. Después llegarían los encuentros con otros troveros, entre ellos José Barranco, con quien compartió numerosas experiencias. Incluso en su faceta profesional llegó a incorporar las quintillas a situaciones cotidianas, convirtiendo la propia elaboración de un proyecto de vivienda en una improvisada conversación en verso.
Para Constantino, el trovo no es únicamente una manifestación artística, sino una parte esencial de la identidad cultural de la Alpujarra. Defiende especialmente el trovo cantado y destaca la dificultad que entraña dominar una tradición basada en la improvisación, la métrica y la capacidad de responder en el momento.
Su preocupación ahora está puesta en el futuro de esta manifestación cultural. Considera fundamental acercar el trovo a las nuevas generaciones y conseguir que los jóvenes conozcan y valoren una tradición que durante siglos formó parte de la vida cotidiana de los pueblos alpujarreños.
Y es que, durante generaciones, el trovo acompañó el trabajo y los momentos de convivencia. En las labores agrícolas, durante la recogida de higos o almendras, en las reuniones familiares y, especialmente, en las noches de fiesta alrededor de una mesa, los versos improvisados servían para entretener, comunicarse y mantener viva la tradición. En una época en la que la televisión apenas formaba parte de los hogares y la radio tampoco estaba al alcance de todos, el trovo era una de las formas de compartir historias, humor y sentimientos.
El homenaje recibido en el Festival de Música Tradicional de la Alpujarra reconoce precisamente esa trayectoria y el compromiso de Constantino Berenguer Puga con una tradición que forma parte inseparable de la memoria colectiva de la comarca. Un reconocimiento a una vida entre planos, guitarras, versos y recuerdos, y a una persona que continúa haciendo del trovo una manera de mantener vivo el vínculo con sus raíces.
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