La madrileña perdió su floristería por una DANA y decidió reinventarse en busca de un oficio estable y al aire libre
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La palabra sepulturera todavía provoca cierta sorpresa. Cuando Patricia cuenta cuál es su nuevo trabajo, las preguntas suelen aparecer enseguida: si no le da miedo, si no le produce malestar o si no le resulta demasiado duro. Es la reacción que, según explica, acompaña a un oficio que continúa rodeado de cierto tabú. Ella, en cambio, considera que, detrás de esa percepción hay simplemente un trabajo como otro cualquiera.
Su historia empieza bastante lejos de un cementerio. Patricia es de Madrid y hace tres años se trasladó a Málaga, donde ya vivía su hermana desde hacía dos décadas. Hasta entonces había regentado una floristería-vivero en la capital. El negocio, buena parte de cuya actividad se desarrollaba al aire libre, quedó gravemente dañado por los temporales de la DANA y terminó cerrando.
Aquel golpe supuso también un punto de inflexión en su vida y después de años trabajando y de haber pasado tanto por empresas privadas como por el trabajo por cuenta propia, decidió buscar otra salida. "Ya estaba harta de empresas privadas y de cuotas de autónomos", reconoce.
Empezó a cobrar el paro y decidió estudiar para preparar unas oposiciones. Fue su pareja, bombero del Consorcio Provincial de Málaga, quien la animó a dar ese paso. Patricia comenzó entonces a buscar una plaza que encajara con sus intereses y con el tipo de trabajo que quería para esta nueva etapa. La encontró en un lugar que, a priori, poco tiene que ver con una floristería: el cementerio. Buscaba un empleo al aire libre y relacionado con las plantas, y el puesto incluía precisamente tareas de mantenimiento y cuidado de los jardines del camposanto.
Además, su anterior profesión le había proporcionado una experiencia que ahora considera útil. Durante los años que estuvo al frente de la floristería trabajó habitualmente con familias que acababan de perder a un ser querido, especialmente a través de encargos de flores y coronas funerarias. Había aprendido a tratar con personas que estaban atravesando un momento especialmente delicado. "No tenía experiencia enterrando, pero sí con las familias de los fallecidos y con ese respeto que hay que tener con ellos", explica.
Su nuevo trabajo incluye las inhumaciones, pero también las exhumaciones de restos, el mantenimiento de las instalaciones, el cuidado de las calles y jardines y otros pequeños trabajos que requiere el cementerio. La imagen que pueda existir desde fuera tampoco coincide demasiado con la que Patricia tiene del lugar. Antes de incorporarse visitó otros cementerios para conocer mejor el oficio y hablar con sus trabajadores. Lo que encontró fue un entorno mucho más cotidiano y "tranquilo" de lo que pudiera parecer.
La parte más delicada llega durante los entierros, cuando las familias todavía están afrontando la pérdida. Después, el cementerio cambia. Hay personas que acuden a visitar a sus familiares, trabajadores que desarrollan allí su jornada y una convivencia que, según Patricia, está lejos de la imagen de tristeza permanente que puede tener el lugar desde fuera. "Cuando ya los familiares van a visitar a los que tienen allí enterrados, la gente es muy buena, muy simpática", cuenta.
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