42 NACIONALIDADES DE ALBUÑOL SE PREPARAN PARA VOTAR
IDEAL. ES
La plaza del Ayuntamiento de Albuñol amanece tranquila, como siempre. Bajo la lona que hace de toldo, los vecinos de diferentes nacionalidades pasan horas charlando como en cualquier pueblo de la Costa. El tema de conversación de los últimos días no para de ser el mismo: las elecciones.
Según los datos del Ayuntamiento, en Albuñol el 35,49% de la población es extranjera. En un municipio de apenas 7.710 habitantes, conviven personas de hasta 42 nacionalidades distintas. Marroquíes, senegaleses, rumanos, venezolanos, búlgaros, ingleses…
Todo comenzó en los años ochenta, cuando los invernaderos que empezaron a cubrir la Costa necesitaban manos que los trabajaran. Las primeras personas llegaron desde Marruecos y Túnez, buscando un trabajo que en sus países no existía. Se quedaron a vivir aquí y tuvieron hijos. Luego llegaron más: senegaleses, rumanos, búlgaros, venezolanos. El pueblo fue creciendo y diversificándose.
En el año 1994 el Ayuntamiento decidió formalizar un servicio de atención a inmigrantes, inaugurando una oficina que se centraba en la orientación educativa, en colaboración con el centro de educación de adultos. Este primer proyecto estaba destinado a ofrecer formación a la población recién llegada, con el fin de facilitar su integración y mejorar sus oportunidades laborales.
Desde su llegada, los inmigrantes cuentan con la ayuda de la oficina que ofrece un seguimiento exhaustivo desde el primer contacto. Este servicio no solo se centra en trámites burocráticos, como la gestión del padrón o la obtención de documentos oficiales, sino que también brinda apoyo en otros aspectos fundamentales para la integración, la escolarización de los niños, la traducción, el asesoramiento sobre derechos laborales y la orientación jurídica.
Paseando por la plaza se encuentra Belichko Velizarov que es, según asegura con cierto orgullo, el primer extranjero que llegó y el único búlgaro empadronado en Albuñol. Lleva 35 años en el pueblo. Aterrizó, como tantos otros, buscando trabajo, y se quedó porque aquí encontró una mujer española, una vida, un hogar. Cada cuatro años hace lo que muchos otros, votar en el municipio para «intentar construir un mundo mejor», dice. Belichko ya sabe muy bien lo que es dirigirse a las urnas, lo ha hecho un par de veces desde que obtuvo la nacionalidad en 2010. «Me gusta ir porque está todo bien controlado y se hace con orden, cada uno se acerca con su familia o en solitario, mete su papel, es todo muy pacífico», señala.
A unos minutos andando de la plaza, en una de las calles del centro, Chellali Zohra atiende su pequeño comercio de alimentación. Zohra lleva ocho años en Albuñol pero aún no ha obtenido la nacionalidad española. A ella, como a tantos vecinos, le encantaría poder decidir en una urna el futuro del país. Llegó desde Larache, una ciudad costera del norte de Marruecos. Comprando en el local está otra vecina que se llama Ikram. A ella la trajo su padre al pueblo cuando solo tenía quince años.
Las mujeres conversan sobre las elecciones de este mes mientras recuerdan cómo se hacía en su país: «Allí en Marruecos también se vota», puntualiza Zohra. «Pero aquí yo todavía no tengo la nacionalidad, así que no puedo», algo que dice sin rencor, detallando que se trata de un trámite pendiente de los muchos que forman parte de la vida de un inmigrante cuando llega a España. Cuando pueda votar, lo hará. «Todo el mundo tiene derecho», añade Ikram.
Es un derecho que aprovechan los jóvenes que se crían aquí. Said tiene diecisiete años. Nació en Albuñol, habla español con el mismo acento de la comarca que cualquier otro chico del pueblo y el año que viene, cuando cumpla la mayoría de edad, podrá votar por primera vez. Sus padres, que son de Nador llevan veinticinco años en el municipio.
La curiosidad que despierta
La conversación sobre política le resulta algo «rara», mezclada con la curiosidad de un chaval que está descubriendo cómo funciona este mundillo y con la responsabilidad que pronto tendrá para tomar decisiones en una urna. «La verdad es que iría con ilusión», confiesa. En Marruecos, explica, hay una monarquía constitucional en la que el rey, Mohammed VI, mantiene poderes políticos y religiosos. Aunque el país cuenta con un parlamento que es elegido por sufragio y un gobierno encabezado por un jefe de gobierno que es Aziz Akhannouch, el monarca sigue teniendo un papel importante en la toma de decisiones. «El rey es el que da la última palabra», dice. «Es diferente a aquí, donde la prioridad la tiene el parlamento», detalla con serenidad.
La curiosidad del muchacho también la comparte Amina, una mujer senegalesa que lleva seis años en el país y que no entiende aún bien qué es votar para la elección del presidente o la presidenta de Andalucía. Ella y su familia tienen la residencia pero no la nacionalidad para acudir a las urnas. Quizás algún día llegue ese papel que lo cambie todo.
El próximo 17 de mayo, cuando abran la puerta del instituto del municipio para votar, se respire un ambiente político y se doblen los primeros papeles, los vecinos empiecen a llegar junto a los albuñolenses de toda la vida, habrá personas que crecieron bajo otros sistemas políticos, que aprendieron el valor del voto precisamente porque en sus países de origen ese derecho no siempre existió o no siempre fue libre.
Comentarios
Publicar un comentario