VOTANTE COMO NIÑOS MAL CRIADOS
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Un veterano del periodismo, de los que ha creado escuela, aconsejaba siempre desconfiar de quien se aproximara con una oferta de trabajo con mucho dinero por delante. El hombre trataba en el fondo de instruir a los entonces jovenzuelos en no tener el parné como prioridad. Procuraba que tuviésemos otros valores a la hora de movernos en el mercado laboral. El dinero tiene mala fama, del dinero no se habla (o solo lo hacen los fanfarrones), ni se exhibe, aunque es sabido que los jurdeles y la felicidad se pueden disimular por poco tiempo, siempre terminan por emerger. En la campaña electoral siempre oímos a nuestros candidatos ofrecernos el Vellocino de Oro. Han evolucionado las técnicas de márquetin electoral desde las primeras autonómicas de mayo de 1982, pero nunca varía la estrategia de los políticos de prometernos el paraíso: una sanidad de vanguardia, pagas para los necesitados, residencias para los mayores, bajadas de impuestos, carreteras y trenes, ayudas para la cultura, plazas de guardería subvencionadas, fondos europeos, apuestas por la Inteligencia Artificial, jornadas laborales que permitan la conciliación familiar... Una vez tuvimos un candidato que prometió el ordenador gratis para cada alumno o vacaciones pagadas para las amas de casa.
Nuestros políticos son los primerísimos en fomentar la cultura de los derechos. Se entiende, claro. Ninguno nos recuerda las obligaciones, porque eso equivaldría a pegarse el tiro en el pie. ¿Pero acaso no son nuestros dirigentes los que están llamados a velar por el cumplimiento de los deberes que tenemos como ciudadanos y de los principios éticos que debemos seguir? Pero nadie nos lo dice, mucho menos en campaña. Por eso, el exceso de promesas que nos dibujan una arcadia feliz genera desconfianza, como la genera quien viene con el talonario por delante, una acción habitualmente acompañada de un estilo tosco.
No verán a un candidato apelar a la responsabilidad de los ciudadanos en sus gestiones ante el Servicio Andaluz de Salud. Todo son críticas, quejas y denuncias, sin duda justificadas porque debemos ser pacientes exigentes con la calidad de los servicios y prestaciones que se costean con el dinero de nuestros impuestos. ¿Pero no tenemos también obligaciones que sería conveniente recordar con frecuencia? En demasiadas ocasiones los candidatos se comportan con nosotros como padres que consienten todo a los hijos. Nos malcrían.
Andalucía perdió 2,8 millones de citas con el médico en 2024, último año completo del que se tienen estadísticas. El SAS calcula que el absentismo sanitario es el equivalente a 425 profesionales sin trabajar un año que costaron 25,5 millones de euros. Pero no oirán referir esta barbaridad a ningún candidato cuando se trata de un evidente desperdicio de los recursos públicos y que, por supuesto, afecta a miles de andaluces que se quedan sin lograr una cita.
Con la sanidad pasa como con la educación, parcelas que en el debate público solo parecen generar derechos, derechos y más derechos. El político del siglo XXI queda retratado como un proveedor de zona de confort y un pregonero de buenas nuevas más que como un gestor de recursos públicos que debe velar por el interés general. Debe ser cosa del márquetin, que todo lo condiciona. Nadie nos pide ser ciudadanos responsables al mismo tiempo que nos quieren callados, que no nos falte un pan al día y sin juicio crítico.
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