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Los forenses del Instituto de Medicina Legal descartan que el progenitor agrediera a su bebé
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El juez anula la orden de alejamiento a un padre por maltrato
Saray descolgó el teléfono. «Ya está. El informe genial», le
adelantó su abogado. A continuación, con algunas lágrimas ya
columpiándose en el rostro, miró a su marido. Ese día la pareja había
quedado para comer. «Cristian, se acabó. Ya podemos volver a salir a la
calle con nuestro hijo». Y entonces se miraron sin saber muy bien qué
hacer ni qué decirse. Una reacción habitual frente a la infinita
alegría.
De esta forma terminó un calvario familiar de casi un año cuando un juez, tras el informe de los médicos de La Fe, decretó una orden de alejamiento del bebé de tres meses. Más de diez meses después, el informe del Instituto de Medicina Legal (IML), solicitado por el letrado Mario Gil, aclara que no hubo maltrato y que ese tipo de lesiones no son exclusivas del conocido como síndrome del zarandeo. Es más, cuestionan la validez de esa hipótesis y recuerdan que muchos de los acusados/condenados no se corresponden con el perfil convencional de los que cometen maltrato.
El juzgado de Instrucción número 2 de Torrent decidió entonces archivar el caso. De esta forma, se anuló también la orden de alejamiento que desde noviembre de 2014 pesaba sobre el padre. «Llevar la etiqueta de maltratador es muy jodido», admite. «Ha habido gente que se ha cambiado de acera o me ha negado el saludo». «Hemos estado indefensos», añade a su mujer. Ahora, ya liberados del estigma social de una imputación por un delito de este tipo, han vuelto a vivir juntos. Durante este tiempo, Saray se fue con el niño al domicilio de sus padres. Cristian se quedó en la vivienda de ambos, en Alaquàs. «Del trabajo a casa y poco más... No salía ni con mis amigos», dice el joven. Se daban los ingredientes para romper una pareja. Se veían menos y sin su hijo. En cambio, el infortunio ha estrechado sus lazos. Esto nos ha hecho más fuertes», destacan.
El informe médico reconoce la complejidad del caso. Las conclusiones aclaran que no se puede establecer que las lesiones que padeció el lactante «fueran debidas a un síndrome del zarandeo». Y menos aún -según el auto del juez- «afirmar de forma categórica que nos encontramos ante un caso de maltrato infantil». El síndrome del zarandeo consiste en las lesiones causadas por coger al menor en brazos y moverlo bruscamente. Se caracteriza por la presencia de hemorragias retinianas y subdurales sin evidencias de traumatismo craneoencefálico.
Las sospechas de los facultativos comenzaron en octubre de 2014. El bebé se encontraba en estado hipnótico y sin reaccionar a estímulos. En ese momento, el padre se encontraba a solas con él. Su madre llegó y juntos fueron al centro de salud de Alaquàs. No presentaba lesiones externas. Una ambulancia lo trasladó a La Fe. Una de las hipótesis del diagnóstico era el conocido como síndrome del zarandeo. Los abuelos maternos se hicieron cargo del pequeño por orden de la conselleria ante las sospechas sobre el cuidado paterno. El segundo episodio se produjo a final de mes. Esta vez es la abuela materna la que avisa al SAMU ante una nueva crisis del menor. De nuevo queda ingresado. Uno de los hematomas detectados podía corresponder a un trauma «no accidental», según los informes. «La policía no me creía cuando les explicaba que no había hecho nada», recuerda Cristian.
El bebé arrastra muchos problemas de salud, que dificultan su movilidad y la vista. Los padres mantienen su empeño por mejorar la calidad de vida. Recaudan dinero con la recogida de tapones y preparan iniciativas con el ayuntamiento. «La próxima semana tenemos pensado ir a Santander a un médico especialista en epilepsias infantiles». Se trata de otra de las patologías que sufre el menor. Ahora, por suerte, tiene a sus dos padres junto a él.
De esta forma terminó un calvario familiar de casi un año cuando un juez, tras el informe de los médicos de La Fe, decretó una orden de alejamiento del bebé de tres meses. Más de diez meses después, el informe del Instituto de Medicina Legal (IML), solicitado por el letrado Mario Gil, aclara que no hubo maltrato y que ese tipo de lesiones no son exclusivas del conocido como síndrome del zarandeo. Es más, cuestionan la validez de esa hipótesis y recuerdan que muchos de los acusados/condenados no se corresponden con el perfil convencional de los que cometen maltrato.
El juzgado de Instrucción número 2 de Torrent decidió entonces archivar el caso. De esta forma, se anuló también la orden de alejamiento que desde noviembre de 2014 pesaba sobre el padre. «Llevar la etiqueta de maltratador es muy jodido», admite. «Ha habido gente que se ha cambiado de acera o me ha negado el saludo». «Hemos estado indefensos», añade a su mujer. Ahora, ya liberados del estigma social de una imputación por un delito de este tipo, han vuelto a vivir juntos. Durante este tiempo, Saray se fue con el niño al domicilio de sus padres. Cristian se quedó en la vivienda de ambos, en Alaquàs. «Del trabajo a casa y poco más... No salía ni con mis amigos», dice el joven. Se daban los ingredientes para romper una pareja. Se veían menos y sin su hijo. En cambio, el infortunio ha estrechado sus lazos. Esto nos ha hecho más fuertes», destacan.
El informe médico reconoce la complejidad del caso. Las conclusiones aclaran que no se puede establecer que las lesiones que padeció el lactante «fueran debidas a un síndrome del zarandeo». Y menos aún -según el auto del juez- «afirmar de forma categórica que nos encontramos ante un caso de maltrato infantil». El síndrome del zarandeo consiste en las lesiones causadas por coger al menor en brazos y moverlo bruscamente. Se caracteriza por la presencia de hemorragias retinianas y subdurales sin evidencias de traumatismo craneoencefálico.
Las sospechas de los facultativos comenzaron en octubre de 2014. El bebé se encontraba en estado hipnótico y sin reaccionar a estímulos. En ese momento, el padre se encontraba a solas con él. Su madre llegó y juntos fueron al centro de salud de Alaquàs. No presentaba lesiones externas. Una ambulancia lo trasladó a La Fe. Una de las hipótesis del diagnóstico era el conocido como síndrome del zarandeo. Los abuelos maternos se hicieron cargo del pequeño por orden de la conselleria ante las sospechas sobre el cuidado paterno. El segundo episodio se produjo a final de mes. Esta vez es la abuela materna la que avisa al SAMU ante una nueva crisis del menor. De nuevo queda ingresado. Uno de los hematomas detectados podía corresponder a un trauma «no accidental», según los informes. «La policía no me creía cuando les explicaba que no había hecho nada», recuerda Cristian.
El bebé arrastra muchos problemas de salud, que dificultan su movilidad y la vista. Los padres mantienen su empeño por mejorar la calidad de vida. Recaudan dinero con la recogida de tapones y preparan iniciativas con el ayuntamiento. «La próxima semana tenemos pensado ir a Santander a un médico especialista en epilepsias infantiles». Se trata de otra de las patologías que sufre el menor. Ahora, por suerte, tiene a sus dos padres junto a él.
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