CONDENAN A UN MENOR SIN HOGAR POR ROBAR A UN POBRE QUE DORMIA EN UN CAJERO

Indigentes pernoctan junto a los cajeros de una entidad de ahorro.
Indigentes pernoctan junto a los cajeros de una entidad de ahorro. / IDEAL
  • El chico, que se había fugado de un centro, se llevó el teléfono y la mochila del indigente, un ciudadano de nacionalidad checa

Si existiera un concurso para elegir el robo más triste de España, el episodio que se narra a continuación tendría muchas papeletas para optar al premio gordo. Un chaval sin hogar que se había fugado de un centro de menores ha sido condenado por quitarle el teléfono móvil y una mochila a un 'sin techo' que dormía en el cajero de una entidad bancaria de la capital granadina. Dicen que la crisis empieza a aflojar, pero incidentes como este no ayudan a apuntalar esa idea. Quizá por arriba las cosas estén algo mejor, pero por abajo el panorama da pena...
El suceso ocurrió la madrugada del 19 de febrero de este año en una sucursal bancaria situada cerca del río Genil. Eran las tres de la mañana y hacía frío. Un vagabundo de nacionalidad checa entró en el habitáculo del cajero para pasar la noche y esquivar las bajas temperaturas del duro invierno granadino.
El hombre se metió en su saco de dormir, subió la cremallera y se acomodó para echar un sueño. A su vera, un teléfono móvil y una mochila con sus escasas pertenencias.
Unos minutos más tarde, una sombra se introdujo sigilosamente en el cajero, cogió el celular y el macuto y se dispuso a huir..., pero, en este momento, la víctima despertó y trató de atrapar al caco. No lo logró porque se le atascó la cremallera del saco y, claro, con él puesto no podía maniobrar. Una escena tragicómica.
El ladrón, que iba acompañado de otro joven que no ha podido ser juzgado porque está en paradero desconocido cuando se fijó la fecha de la vista oral, llevaba la cabeza cubierta con la capucha de su sudadera para evitar que las cámaras del banco le grabasen, lo que habría facilitado su identificación. No le sirvió de nada. Al parecer, un testigo de los hechos que pasaba por allí telefoneó a la Policía, que consiguió localizar al caco y recuperar el magro botín: el valor del móvil ascendía a 50 euros -el de la mochila ni siquiera fue tasado-.
Eso sí, y según denunció el ciudadano checo -que no llevaba ninguna documentación encima-, el chico tuvo tiempo de consumir diez euros del saldo del teléfono. A eso se redujo el patético robo: a diez euros.
La Fiscalía de Menores de Granada -que es la institución que lleva a cabo las investigaciones judiciales cuando los sospechosos no han cumplido los 18 años- se hizo cargo del caso y concluyó que lo ocurrido ni siquiera tenía la categoría de delito: como mucho, el chico había incurrido en una falta de hurto.
Y llegó el día del juicio, pero no fue necesario celebrar la vista. El muchacho aceptó el castigo que había propuesto para él el ministerio público, dos fines de semana de internamiento en un centro, y no hubo que pasar a mayores. Fue un alivio para todos, porque nadie tenía claro que el testigo de cargo, el vagabundo, tuviera intención de comparecer. Y aunque así fuera, y dado que la víctima carecía de domicilio, la justicia solo disponía de un número de teléfono para contactar con él.
Otro vagabundo perjudicado
No son fáciles los casos que afectan a indigentes. En Granada ya ha habido otro -mucho más grave y también con menores implicados- y fue una verdadera odisea. El protagonista fue un joven 'sin techo' italiano que había sido atacado por un grupo de menores en una céntrica plaza de Granada el 8 de junio de 2008. Otra adolescente grabó la escena en su teléfono móvil. En mayo de 2009, todos ellos fueron juzgados y condenados. Además de distintas medidas correctoras, debían indemnizar al damnificado con tres mil euros. Pero él ya hacía meses que no estaba en Granada. Ni siquiera estuvo en el juicio. No dio señales de vida ni antes ni después, y la Policía Nacional inició su búsqueda. Todas las pesquisas resultaron infructuosas y el caso dejó de ser una prioridad.
La única y remota posibilidad de que el perjudicado cobrara lo suyo consistía en que él mismo reclamase el dinero. Y así fue, en plena Navidad de 2010 sonó un teléfono los juzgados de menores de Granada y al otro lado estaba el vagabundo italiano. Quería los tres mil euros.
Horas después, se pasaba por la oficial judicial y se llevó en mano la mitad de la indemnización: 1.500 euros. La otra parte le fue abonada a través de una transferencia. Al final, se hizo justicia. Pero costó lo suyo.

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